Viviendo en silencio…

Podría apostar que, sea cual sea la razón que nos trajo a Japón, uno de los mayores choques culturales que enfrentamos, es el silencio. A veces lo añoramos, pero muchas otras nos es incómodo.  Si bien, para muchos el silencio puede no ser un problema, para mí, vivir en silencio nunca fue normal. La ausencia de diálogo siempre fue una anomalía a corregir, un espacio a llenar, hablando de cualquier cosa o con música bien fuerte. Pensando en esto, y para quienes les suceda lo mismo, quiero reflexionar acerca de nuestras diferencias culturales en torno al silencio.

Al llegar a Japón, desde el aeropuerto es notorio el silencio que impera en el espacio público. En el tren nadie habla; en el trabajo, el de al lado apenas devuelve el saludo. El silencio se mantiene,  la comunicación fluye, pero siempre vertical, nunca hacia los lados. Hablar en el trabajo es sobre cosas puntuales; sobre lo necesario, dejando muy poco espacio para que los compañeros se conozcan.

Insisto, para mí nunca fue normal. La cultura me enseñó que uno, al dirigirse a alguien, espera una respuesta medianamente inmediata. Si alguien no habla, no queda más que inferir lo que trae en la cabeza. Si nadie dice nada, inferimos que no tienen nada bueno que decir, y por ende lo que traen es negativo. Y así, en silencio es muy fácil imaginar,  sentirnos rechazados, cuando no subestimados.  Al final, ese inferir en silencio nos lleva directamente a la ira, la frustración y el aislamiento.

Ahora, si bien, no se descartan malas actitudes que siempre las hay en todo el mundo, es importante hacer conciencia de cómo ese silencio aquí es un preciado tesoro. En efecto, saber guardar silencio es una virtud en Japón. Es algo que se premia  desde la escuela. La etiqueta dice que no es de buen gusto hacer muchas preguntas ni hablar muy fuerte. Incluso, ser de pocas palabras es un signo de masculinidad. Hace varias décadas, la antropóloga Takie Lebra describió cuatro dimensiones básicas del silencio, que ella llamó:

1) La veracidad. En Japón es más veraz y confiable quien habla menos. Al ser reservado, se oculta un Yo privado. En su lugar, lo que se muestra en público es un Yo amigable y socialmente aceptable, aunque no exprese lo que uno realmente piensa.

2) La discreción. La gente se siente obligada a no hablar; así evita sanciones sociales y obtiene aceptación. Es decir, el silencio surge de la conciencia grupal, donde la armonía es el mayor valor compartido. Eso es un sobreentendido entre todos y rige enormemente la conducta grupal.

3)La vergüenza. Si el individuo no es discreto y no se guarda sus opiniones y emociones, puede romper la armonía y terminar humillado. Por eso, mejor no abrir la boca y evitar vergüenzas.

4) El silencio desafiante. En este caso no hay nada de vergüenza y hay que decirlo con todas sus letras. Aquí es común usar el silencio para atacar. Es mucho más común que el insulto o la confrontación directa. Sucede en los matrimonios y es común como acoso escolar. El silencio es el arma de los pasivo-agresivos, que lo llenan con mensajes implícitos de hostilidad y rechazo. Cuando haces conciencia de eso, es porque la hostilidad ya te ha explotado en la cara.

Estas cuatro dimensiones de Lebra, son sin duda interesantes al vincularlas con la experiencia diaria, y en parte nos explican cómo muchas veces entendemos mal las intenciones de quienes cultivan el silencio como virtud.  Entendamos al otro y también a uno mismo. Por eso no es mala idea hacer conciencia de: 1) si en verdad te afecta el silencio; 2) hasta qué punto puedes lidiar con eso, y 3) cundo rebasas ese punto, ¿qué haces para salir del círculo de pensamientos negativos al que nos lleva el “no decir”? La reflexión puede ser liberadora y enriquecer nuestra calidad de vida.

Juan Antonio Yáñez

Es psicólogo por Universidad Nacional Autónoma de México y profesor de español y japonés a distintos niveles en la región de Tōkai.