El paraíso de los conejitos y su negra historia

Desde hace tiempo, mi hija ha insistido en que le compremos un conejo, y mil veces le hemos dicho que no. Finalmente, teniendo en mente esa ilusión de mi hija, mi esposa encontró la solución para saciar esa sed de cuidado y amor inter-especies. Fue así que en las pasadas vacaciones escolares hicimos un viaje familiar, trasladándonos hacia un paraíso. Me refiero a la Isla de los Conejos. En esta ocasión hablaré un poco sobre esa isla, y sobre el oscuro pasado que yace detrás de toda esa ternura.

 

La isla de los conejos, por supuesto, no tiene ese nombre. Su verdadero nombre es: Okunoshima (大久野島), y se encuentra en la costa de la Prefectura de Hiroshima, dentro del Mar de Seto, aquel mar interior que siglos atrás fue dominado por piratas. Es necesario abordar un ferri para llegar hasta ahí, y tras solo unos 10 minutos de viaje, uno puede recorrer caminando un micromundo donde los protagonistas son los cientos o miles de conejos que habitan la isla. Todos estos conejos esperan a ser alimentados. Por eso, antes de cruzar, es necesario comprar un ticket de entrada y las bolsas de alimento de conejos que no son nada baratas. Sin embargo, valen cada centavo cuando te ves rodeado no solamente por tantos conejos que no temen a los humanos, sino también por los estupendos paisajes que adornan la isla.

 

Ya estando ahí, salta a la vista la presencia de ruinas de diferentes construcciones antiguas. Eso pronto nos hace darnos cuenta de que no todo en Okunishima son animalitos. La isla cuenta con un museo de sitio que no es muy grande, pero ahí resguarda la historia oscura de aquel lugar. Antes de convertirse en “la isla de los conejos”, aquel lugar fue, literalmente, una fábrica de muerte. La historia dice que, a lo largo del siglo XX y hasta la rendición de la Segunda Guerra Mundial, Okunoshima fue un centro productor de gas venenoso, destinado a utilizarse para fines bélicos. En otras palabras, era un centro de producción de armas químicas.

La historia dice que, entre 1900 y 1945, el Gran Imperio Japonés contó con un programa de producción de este tipo de armamento. El aislamiento y facilidad logística, hicieron de Okunoshima un lugar ideal para convertirse en la sede de la principal fábrica de gas mortal. Incluso por años, Okunishima fue deliberadamente borrada de los mapas, haciendo que su existencia fuera solo conocida por quienes participaban en esta industria secreta.

 

El museo de sitio, aunque pequeño, posee objetos de valor histórico como uniformes, materiales de trabajo, fotos y documentos. Todos ellos nos hablan sobre esos hombres y mujeres, por lo general muy jóvenes, que vivieron y trabajaron en la isla en condiciones que hoy serían inaceptables, con escasa protección ante los gases tóxicos. Eso hacía comunes los envenenamientos y las secuelas a largo plazo, lo cual siempre quedaba resguardado bajo el estricto control del ejército.  

El para qué y dónde se utilizaron estos agentes químicos, es algo que quedó enterrado muy profundo en la historia de Japón y de Okunoshima. Incluso hoy, el museo tiene mucho cuidado al recordar a los visitantes que está prohibido tomar fotografías o llevarse información diferente a los panfletos que ahí se ofrecen.

Tras la derrota y la rendición de Japón, todo se acabó y la isla permaneció años abandonada. Lo que sucedió después, no está del todo claro. La isla volvió a aparecer en los mapas y hay versiones que dicen que fue en los años setenta cuando se soltaron los conejos que, al no tener depredadores, rápidamente se multiplicaron. Los conejos ahora son la cara de un proyecto de turismo sustentable muy interesante que conjuga el descanso, estupendos paisajes, educación ambiental y la educación para la paz. De esta forma, si para las próximas vacaciones buscan un destino diferente, Okunoshima es una estupenda opción, sustentable y educativa, para los padres cansados de vaciar sus carteras en Disney, Lego Land y anexas.

 

Por Juan Antonio Yáñez