Réquiem por un chapulín

Este texto lo escribo consternado, triste y melancólico. Resulta que, el pasado fin de semana, fui de compras al mercado del pueblo. Después de hablar con uno de los empleados, me enteré de que el productor de grillos que surtía la tienda había decidido retirarse del negocio. Por tal motivo, este texto está dedicado a tal decisión, que para mí y para muchos es una gran pérdida.

Para comenzar, diré que sí, leyó usted bien. Este texto está dedicado a los grillos, o chapulines como los llamamos nosotros. Como muchos saben, en México acostumbramos comer insectos, lo cual es una verdad a medias. El consumo de insectos es una costumbre muy añeja, pero no es algo generalizado. Hay muchas regiones y sectores de la sociedad que no comparten tal costumbre, y que incluso les parece aberrante. En mi caso, este fue un gusto que aprendí ya adulto, tras hacer conciencia de sus propiedades y de que, la verdad, no es muy diferente de comer otras especies de artrópodos con exoesqueleto como los camarones. Entonces, desde antes de venir a Japón, yo ya consumía chapulines con cierta regularidad. 

Saber que en Japón existe una tradición culinaria ligada a los insectos, para mí fue un gran descubrimiento. Más aún, saber que en Gifu, y en mi ciudad, existe una tradicional producción de grillo de arroz (inago), fue como un regalo de los dioses. Rapídamente comencé a comprarlos y fui aprendiendo las diferencias. Por ejemplo, ahora sé que el consumo de insectos en Japón se remonta a siglos atrás,  y  que el inago siempre se ha consumido como fuente de proteína y como una forma simple y manual de fumigar los arrozales. Hay también otras especies que se consumen, como las larvas de avispa, pero el inago siempre fue el más común, hervido en salsa de soya y azúcar. Tal preparación permite almacenarlo por meses sin que se pudra.

Pero los tiempos cambian. A pesar de ser un alimento tradicional, al igual que en México, el consumo de este insecto no es una práctica común. A decir verdad, aunque vivo en una ciudad productora, nunca he conocido a nadie más consumiendo inago. En contraste, la gente consume mucho otras especies de la región como las  almejas (asari), camarones de río (kawaebi) y pescaditos (moroco) preparados de la misma forma; pero nunca he visto inago en las mesas de la gente que conozco.  En tal condición, es natural que la preparación y consumo de inago, tal y como se había hecho hace siglos, haya deja do de ser negocio. La gente dedica tiempo, dinero y esfuerzo en eso, cuando bien podrían dedicar ese mismo tiempo, dinero y esfuerzo en algo mucho más redituable.  A pesar de que existen campañas y del surgimiento de productos que contienen a este animalito, el consumo de inago se está quedando atrás, como una curiosidad dentro de las tiendas de souvenirs, muy detrás de tantos productos que la gente hoy  acostumbra incluir en su dieta alta en sodio y alimentos ultraprocesados. Tal situación es una lástima para los consumidores de inago y para la cultura tradicional en sí. 

Por mi parte, lo que queda por hacer, es compartir mi alegría por los chapulines. Invitarlos a que los prueben, si es que los ven en alguna parada en el camino (michi no eki). Los invito a probarlos, a  no tener miedo, a colocar algunos sobre el arroz del desayuno para disfrutar la mezcla de sus sabores y, ¿por qué no? inventar formas creativas para dar una segunda oportunidad a ese pequeño trozo de cultura japonesa. Así, por ejemplo, cualquier pizza de queso sencilla, se convierte en un manjar cuando la mejoras con un buen puño de inago exparcidos en su superficie.  Puede funcionar, piénsenlo.

 

 

Por:  Juan Antonio Yáñez