La influenza, o gripe, es una infección respiratoria causada por los virus tipo A, B y C, que se propaga principalmente por gotas respiratorias y contacto con superficies contaminadas. Los tipos A y B son los responsables de las epidemias anuales, mientras que el tipo C causa cuadros leves.
Los síntomas aparecen de forma repentina tras un período de incubación de 1 a 3 días e incluyen fiebre alta (más de 38 °C), dolor muscular y articular, cansancio, dolor de cabeza y escalofríos. En casos graves, puede derivar en neumonía u otras complicaciones, especialmente en bebés, embarazadas, ancianos y personas con enfermedades crónicas.
El tratamiento requiere atención médica temprana. Los medicamentos antivirales son más efectivos si se administran
dentro de las primeras 48 horas tras el inicio de la fiebre. También se recomiendan descanso, hidratación y alimentación adecuada.
Para prevenir la gripe, se aconseja:
Vacunarse anualmente, idealmente antes del invierno
(noviembre a marzo).
Usar mascarilla, lavarse las manos y hacer gárgaras con
frecuencia.
Mantener la humedad ambiental entre 50 % y 60 %.
Dormir bien, alimentarse saludablemente y evitar
aglomeraciones.
Limpiar superficies compartidas como pomos, interruptores
o mandos a distancia.
Aunque los síntomas mejoren, se recomienda esperar al menos tres días después de que baje la fiebre antes de volver al trabajo o la escuela, para evitar contagiar a otros.
La vacunación y la higiene diaria siguen siendo las medidas más efectivas para reducir el riesgo de infección y proteger la salud pública.


