Constantemente tenemos la necesidad de expresar nuestros sentimientos, deseos, recuerdos y expectativas. Existen muchas formas de compartir nuestras intenciones más profundas, pero cuando no somos capaces de decirlas en voz alta, éstas tienden a manifestarse a través de acciones.
Esto quiere decir que, al no reconocer ciertos pensamientos y emociones, estos encuentran una salida a través de nuestros actos, los cuales a veces pueden resultar un problema tanto para nosotros como para quienes nos rodean.
Hablar es la mejor herramienta que tenemos para expresar el inconsciente. Sin embargo, cuando no permitimos que nuestra vida interior surja por medio de las palabras, ésta se manifiesta a través de hechos.
Un empujón sin querer, la caída del celular en medio de una reunión, el extravío de la cartera, llaves o gafas justo en medio de una crisis no son siempre accidentales, tienen algo en común, logran atraer la mirada de los demás. El objetivo de este tipo de comportamiento es expresar lo que callamos. Cuando lo que reprimimos no se integra en nuestra memoria, se hace presente por medio de nuestras acciones. Este fenómeno es conocido como acting out, una reacción inmotivada e impulsiva, y tiende a repetirse. “Tiene la función de mostrar algo, de involucrar a alguien, es como llamar la atención para hacer que una situación cambie”; explica el psicoanalista Jaime Castrellón. Las reacciones de este tipo suelen ser incluso, incongruentes con el contexto. Según este especialista, los diversos actos descontrolados sirven para aliviar un malestar psicológico o un conflicto con los otros que resulta difícil de manejar de manera racional.
Todos somos propensos a encausar nuestro inconsciente de esta manera, y, de hecho, lo hemos realizado en alguna ocasión o en muchas. Lo importante es identificar estos sucesos para darles un significado.
Algunos ejemplos
En la cotidianeidad: Los tropiezos, los enojos, y los gritos son algunos personajes de estas escenas impulsivas. El acting out sucede porque la necesidad de descargar impulsos, el malestar psicológico y la confusión entre las creencias y las emociones nos invaden. No siempre poseemos la capacidad de reflexión para poder comprender de manera racional, lo que nos afecta en ese momento. Este fenómeno puede resultar peligroso tanto para quien lo experimenta como para quienes lo rodean, pues el impulso gana a la razón.
En el hogar: “En ocasiones las discusiones con mi esposa/o, (hijos o parientes) terminan en gritos y argumentos lastimosos. La mayoría de las veces me frustro y siento la necesidad de huir. Normalmente, intento salir de casa, me resbalo por las escaleras o me golpeó con la puerta” ¿Se les hace conocido este ejemplo? Las relaciones familiares en sí mismas, son complicadas, y más cuando no encontramos una manera adecuada para comunicarnos. Lo más adecuado es enfrentar el conflicto o negociar. Por otro lado, están los que se refugian en el alcohol, en la infidelidad o el sexo desbocado.
En el trabajo: Otro ámbito en donde brotan emociones que no siempre podemos expresar es el laboral. Particularmente, en este tipo de entorno, se dificulta la comunicación directa y sana de los sentimientos, puesto que las cuestiones económicas o profesionales entran en juego. En lugar de verbalizar nuestro descontento, nos imponemos limitaciones conscientes o inconscientes que nos llevan a actuar de manera desproporcionada.
¿Qué hacer?
Lo primero es hacer conciencia.
En cierta medida se ha minimizado este concepto de expresar con hechos lo que no decimos con palabras, debido a los frecuentes y en apariencia, insignificantes que resultan los comportamientos asociados al acting out. Pero no cualquier conducta impulsiva, disruptiva e inesperada puede encasillarse como acting out.
Finalmente, para que una persona sea capaz de evolucionar en el manejo de sus ideas, afectos o conductas, es necesario que aprenda a hacerse cargo de su vida impulsiva, es decir de su inconsciente. El objetivo es aprender a analizarnos a fin de lograr mantener nuestra vida emocional en nuestras manos. No es nada fácil, es un proceso lento que exige mucho trabajo y tiempo, pero si tenemos paciencia y voluntad, podemos conocernos y controlarnos, así evitaremos muchos momentos incómodos.
Referencia: “El impulso irracional”, de Ori y Ron Bafman. Ed. Espasa 2009.
Por: Irma Aráuz L.
Psicóloga Clínica y Doctora en Educación
e-mail: arauzirmaic@gmail.com
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