Dicen que Navidad y año nuevo, son una época para estar felices. Sin embargo, mucha gente suele experimentar algo completamente diferente. Contrariamente a lo que se predica en los medios, hay quienes, por una u otra razón, el fin de año es algo que difícilmente se puede soportar. Yo personalmente, tampoco fui muy entusiasta en tales fechas, y creo que con el tiempo he aprendido a otorgarle nuevos significados. Es por eso que en esta ocasión comparto algunas cavilaciones al respecto.
Primeramente, como lo señaló Mircea Eliade en su conocido libro El mito del eterno retorno. El hombre no puede vivir su vida de manera lineal, es decir yendo siempre hacia adelante. Por alguna razón, el ser humano tiene siempre la necesidad de regresar. En la vida hay pendientes, atajos, laberintos de los que tardamos incluso años en salir; sin embargo, nuestra vida está marcada por los movimientos circulares, una y otra vez, como los planetas. Nuestra carga biológica da a nuestros cuerpos un tiempo de expiración, e igualmente, el ciclo menstrual en definitiva influye en el actuar de cuerpo femenino. Socialmente, desde pequeños aprendemos que muchos aspectos de la vida tienen un final, y esos finales y nuevos inicios los recordamos con rituales en los que participamos o simplemente somos testigos como miembros de la colectividad. Así es como percibimos el tiempo, el desarrollo y es así como construimos nuestras historias individuales y colectivas sobre aquellos andamios de conciencia.
Al nacer, toda esa estructura ya está ahí, sobre ella nos montan y aprendemos a medirnos a nosotros mismos sobre parámetros culturalmente impuestos. Así, ubicamos nuestro nacimiento sobre los parámetros del calendario gregoriano, luego venimos a Japón y aprendemos en otro formato, según la era en la que aquí se vive, y de esa forma vivimos bajo la inercia de los ciclos escolares, el año fiscal, el tiempo de expiración de la visa, entre muchos ciclos que un día u otro terminan y vuelven a empezar.
Por lo general, uno no vive con la conciencia de esas estructuras en donde ocurren nuestras vidas. La vida ocurre y uno no se pregunta por qué, uno solamente vive y ya, intentando ser un miembro funcional de la sociedad. Así es como enfrentamos las presiones para poner nuestra mejor cara en Navidad, ir al brindis de la empresa, al festival de la escuela y nunca osar olvidar nuestro aniversario de bodas.
Luego, cuando uno hace conciencia de cuan ajenos son varios de esos rituales que celebran ciclos socialmente aprendidos, hacemos también conciencia de su tamaño y de las formas como nos influyen y a veces nos abruman. Aquella conciencia es muy liberadora y nos da la opción de conmemorar nuestros propios ciclos y dar mayor realce a nuestros rituales personales. Entonces, más allá del fin del año gregoriano y de cualquier otro fin de ciclo, ¿cuáles son los ciclos más trascendentes de tu propia historia? Para sorpresa, tales ciclos pueden no ser lo socialmente aceptado como, «el nacimiento de mi hijo» o «el día de mi boda». En cambio: «el día en que renuncié a ese trabajo”, “cuando decidí migrar», o «el día en el que me divorcié y sentí que comencé a vivir», pueden ser finales e inicios dignos de conmemoración.
Y en relación con tus ciclos, ¿tienes algún ritual? La conmemoración de nuestros momentos; nuestros grandes momentos con rituales personales, son herramientas poderosas para cambios sustanciales que nos devuelven las riendas de nuestras propias vidas. Es por ello que, para terminar, dese a todos un feliz inicio de ciclo, sea el que sea.
Por Juan Antonio Yáñez



