Juan Antonio Yáñez
Este texto lo escribo con mi corazón mexicano en la mano. Y es que uno de los principales choques culturales que he tenido desde que vivo en este país, tiene relación con la cultura culinaria. Yo, como muchos otros connacionales, como bastante picante. No al grado de deprimirme cuando no hay salsa en la mesa. Sin embargo, en casa sí procuro hacer salsas con frecuencia, buscar chiles (o ajíes, como gusten llamarlos) en las tiendas, sembrarlos y enseñar a mis hijos a comerlos y disfrutarlos. Entonces, a continuación, describiré un poco el choque que hasta la fecha tengo con la forma local de comer, esperando compartir un poco del combo: lengua y cultura japonesa en un mismo paquete.
Haciendo un poco de introspección, para mí, comer picante es la parte emocionante del comer. Lo picante es la inyección de adrenalina, que en este caso es de endorfinas. Además, cuando te acostumbras a comer diferentes tipos de chiles, aprendes a disfrutar sus diferentes aromas, sus colores, sus texturas, las diferentes formas en las que puedes mezclarlos, las formas como cada uno se mezcla con los alimentos y las formas tan sutiles en que te estimulan las papilas gustativas.
No sé cómo hagan otros padres, pero yo a mi hijo lo he llevado de la mano rumbo a la alegría de comer chile, desde que tenía año y medio. Ahora él lo disfruta, lo pide y presume orgulloso a sus amigos cómo puede comer cosas que ningún otro compañero japonés puede.
Con mi hija la historia ha sido muy diferente. Ella llegó a Japón de apenas dos años, así que, desde el principio, mis expectativas chocaron con la cultura que inmediatamente nos envolvió. Fue entonces que descubrí grandes diferencias culturales, ya que eso que para mí es educación básica, aquí resultó ser todo lo contrario. Comer picante no es para niños, y tampoco para muchos adultos. Lo picante no parece ir acorde con los sabores tan suaves de mucha comida tradicional. Incluso, la imagen del chile, estereotípicamente rojo como aquí lo representan, culturalmente está muy cercana a la idea del dolor. Por eso, no es extraño que mucha gente asocie la palabra picante o “karai” con algo negativo, aunque irónicamente Japón cuenta con algunas variedades de pimientos picantes o toogarashi (唐辛子) en los mercados y hasta en las artesanías. La variedad takanotsume (鷹の爪) es la más común y se produce por montones, sin mencionar que en las mesas de muchos restaurantes siempre habrá wasabi y polvo shichimi para quien quiera especiarse la vida.
No obstante, todo ello, las obachans (señoras) nunca fallan. Karai-yo…, advierten a los niños cuando consideran que algo pica. Los chicos de inmediato entienden el mensaje: si es “karai” es mejor no tocarlo. Ok, lo acepto. Proteger a los niños es una actitud muy maternal, y las señoras asumen un papel de protección maternal. Es aquí donde llega la reflexión. Prestando atención a los momentos en los que escucho esa expresión de karai-yo, se puede hacer conciencia de cuán amplio es el espectro karai para el paladar japonés, en comparación con otras culturas. Dicho de otra forma, muchos ingredientes y alimentos que a mi juicio tienen su propio y característico sabor, para el común de la gente en Japón entran dentro del campo semántico de lo que es picante o “karai”. Por ejemplo, ¿La comida tiene ajo?… karai, jengibre… karai, el vinagre… karai, la pimienta negra… karai, la mostaza… karai, y así, muchas cosas a las que yo no daría la categoría de “picante”, en la cultura local son considerados “karai”. Incluso, existen diferentes matices dentro del gradiente karai. Por ejemplo, el rango shiokarai (塩辛い) describe a los sabores muy salados, como cuando la sopa miso quedó muy concentrada. De la misma forma, lo que nombran amakarai (甘辛) hace referencia a los sabores saturados de aquella mezcla de azúcar, mirin y salsa de soya, que tan presente está en muchos platillos locales.
Lo anterior puede ser novedoso para unos, y obvio para otros. No obstante, para mí es interesante cómo, a diferencia de lo que acostumbramos en mi tierra, lo que en Japón consideran karai, abarca no solamente al sabor picante de un chile. En cambio, lo karai se expande más allá, hacia lo gustativamente intenso, hacia los sabores “un poco fuertes” que son, en resumidas cuentas, todo lo que me gusta, y que puede causar un daño irreparable al paladar de mis pobres hijos.
Estas son entonces, pequeñas reflexiones sobre grandes diferencias en la vida cotidiana. Las formas de experimentar los sabores, se codifican en el lenguaje que utilizamos a diario. Lengua y cultura en un mismo paquete.



