En la vida en Japón, las necesidades diarias nos llevan a aprender poco a poco el idioma, las expresiones, los proverbios y las metáforas que la gente usa en su vida cotidiana. De la misma forma, nos acostumbramos poco a poco a imágenes y arquetipos que participan en la rutina diaria y que son tan cotidianos que pasan desapercibidas. Por ello me parece buena idea rescatar una que otra para un breve análisis. En esta ocasión, he elegido la figura del oni.
Al oni nos acostumbramos desde niños. Durante el Setsubun, las máscaras de oni infantilizadas abundan en las tiendas. A la señora de mal carácter, todos la llaman “oni baba” a sus espaldas. Incluso se señalan los cuernos en la cabeza cuando hablan de ella mientas no está. El sake más barato de la tienda, es el que tiene un oni rojo en su empaque tetrapack; ese que solo los valientes se atreven a tomar. La mayoría sabemos que Momotaro viajó hasta la isla de Onigashima para combatir a los oni, aunque ya no sé si fue un acto de defensa o una cruzada de conquista. En fin, el oni es un viejo conocido de la cultura popular, reconocible y ahora inocuo. No obstante, por años fue una figura temida, cuya existencia y poder para influir en la vida de la gente, no se ponían en duda.
Cuando nos preguntan qué es eso, por lo común lo traducimos como demonio o diablo, aunque en realidad no tiene ningún equivalente con nuestras concepciones de infierno, pecado y maldad. Antropólogos como Koyama Satoko mencionan que, si bien su origen es rastreable en el budismo, a lo largo de las diferentes etapas de la historia de Japón, se describió como oni a ciertos grupos sociales que siempre estaban allá lejos, en el “soto”; es decir, más allá del círculo de intimidad. Esa idea de estar en el soto es bastante abstracta, ya que un oni también podían ser un miembro de cualquier grupo social marginado de la participación en la sociedad. Igualmente, la gente que se salía de la normalidad, en la práctica podía transmutar en un oni. Por ejemplo, alguien que caía en desgracia y terminaba secuestrado por la ira y la frustración. Su rostro quedaba marcado con un enojo perpetuo, como un oni ante los ojos de la normalidad. La mujer podía convertirse en oni por celos y envidias, mientras que el hombre lo hacía al sucumbir ante ambiciones políticas.
Así, la antropóloga Noriko T. Reider señaló que, los oni desde hace siglos representaron a la otredad. Eran él no-nosotros, los pueblos de las islas lejanas, que no se parecían a nosotros ni se vestían igual. De esta forma, el oni por siglos ha sido la antítesis del grupo, del Yo /nacion, y el enemigo en tiempos de guerra. Volvemos entonces a la misma idea: por años, la figura del oni ha cargado sobre sus espaldas la idea de la diferencia, por lo tanto, no es deseado, es impuro y se debe mantener alejado. Ritualmente, eso se sigue haciendo cada inicio del ciclo anual: ¡oni wa soto, fuku wa uchi!, dicen los niños con entusiasmo. Todos piden por fortuna mientras ahuyentan la desventura encarnada en esas figuras tan lejanas al ideal del yo, que como nos lo recuerda la divertida tradición del Setsubun, su destino está sentenciado de antemano, ya que al oni se le ahuyenta, y en el peor de los casos, se le caza, somete y extermina.
Como se mencionó al principio, en la vida diaria estamos expuestos a muchas figuras e imágenes que son tan cotidianas, que por lo general no tenemos conciencia de sus orígenes y significado. Viendo más de cerca la figura del oni, salta a la vista cómo, a lo largo de los años ha cumplido la función de recordar a la gente nociones básicas de normalidad. La figura del oni, a la par con la del Momotaro, se actualizan con los años repitiendo un guion general en el que la derrota de los oni enaltece nociones de identidad grupal, haciendo sentirse orgullosa a la gente de estas tierras por lo que es, por lo que ha sido, y en estos tiempos de cambios políticos, los más conservadores tienen miedo de dejar de ser.
Por Juan Antonio Yáñez



