El silencio en las aulas

Hace ya algunos años comencé mi formación como profesor. Desde entonces he procurado ir por la vida de la manera más responsable posible; he tomado cursos, escuchado charlas, ido a congresos, preguntado a gente con experiencia, asimilado fundamentos teóricos de la enseñanza-aprendizaje de lenguas, investigación-acción en el aula, el enfoque comunicativo… sin embargo, nada lo prepara a uno para el momento en el que estás a cargo de clase de estudiantes japoneses. El texto de hoy toca una situación relacionada con esto: el silencio sepulcral en la clase.

 

Cuando eres el profesor de lenguas en Japón, estás parado en la primera línea de una batalla intercultural. Eso significa que cuando las culturas se encuentren, los golpes más fuertes los recibirás tú, el profesor. Tu experiencia como estudiante, en las aulas, en los libros, todo lo que hasta el momento te había parecido evidente en una relación profesor-alumno, se pone en entredicho, cuando las enormes diferencias en las culturas de aprendizaje se hacen evidentes. Desde una perspectiva pedagógica, el salón de clases puede verse como un espacio donde se construye el conocimiento. La enseñanza-aprendizaje es un trabajo conjunto que se logra a través del diálogo, la comunicación y de la coordinación de acciones entre el docente y los alumnos. Ese es un fundamento básico del enfoque comunicativo en la enseñanza de cualquier idioma. Los profesores con preparación lo saben. Sin embargo, en las aulas japonesas, muchas veces predomina el silencio y la incomodidad al tener que hablar. Hace algunos años, el teacher de inglés Jim King lo dijo así: Durante las clases de inglés, los estudiantes universitarios inician interacciones en un 1% del tiempo de clase. Lo demás es silencio. Sin ver muchos datos y a partir de mi experiencia, puedo corroborar lo dicho por ese señor. No hay teoría pedagógica que te prepare para un grupo de estudiantes que se niegan a abrir la boca. 

 

En las salas de profesores, se escucha una y otra vez: es que los estudiantes son muy tímidos, no están acostumbrados a participar en clase. Indagando entre otras explicaciones del fenómeno, encontré que en el 2024, otro profesor de apellido Crosby, señaló con mucha asertividad:  ese silencio que nos llega a fastidiar tanto a los profesores extranjeros, puede ser algo muy relativo.  Lo que para uno es pasividad, para los colegas japoneses es una buena forma de participación. Mantenerse en silencio escuchando, sin interrumpir al profesor, es una forma correcta de seguir la etiqueta y mantener el respeto frente a la figura docente. Es decir, en opinión Crosby, existe un desfase entre lo que los profesores extranjeros esperamos y los que los alumnos japoneses consideran apropiado en cuanto al qué decir, cuándo decirlo y cómo decirlo en clase.

 

Por otra parte, sería muy injusto colocar toda la carga sobre los hombros de los estudiantes. Si bien, estoy de acuerdo en aquello que dijo Crosby, también he de resaltar que no todos los silencios en clase son una confusión intercultural. Como en todas partes, existen los apáticos, los extremadamente ruidosos para temas sin relación con la clase, y también los profesores a los que no siempre les salen las cosas como esperan. Volviendo a lo que nos dice King al respecto, no hay que olvidar diferentes tipos de silencio. Existen en efecto choques culturales, pero también momentos de silencio producto de la confusión, cuando no entienden las indiciaciones de clase, o cuando la estructura que uno ha dado a la lección del día, no es propicia para el diálogo, o simplemente está muy lejos de sus intereses personales. Esos momentos son imponderables de la clase, que hasta el profesor más experimentado es propenso a enfrentar. 

Para terminar, creo que las mejores armas para sobrellevar el silencio sepulcral en el aula se adquieren aprendiendo a leer el ambiente, reconocer qué tipo de silencio tenemos enfrente y descubrir a través de qué o quién podemos romper el hielo. Y, sobre todo, mantener una postura crítica sobre nuestro propio trabajo, ya que a veces, antes de preguntarnos por qué no participan, debemos preguntarnos qué estamos haciendo para que participen.  

 

 

 Por: Juan Antonio Yáñez

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