Juan Antonio Yáñez
Como padre, he pasado por varias etapas en los gustos de mis hijos. Sobreviví a la etapa del Anpan-man, y después vi pasar uno por uno, todos esos grandes temas donde los niños solo hablaban de dinosaurios, trenes, Doraemon, Pokemones, y todo lo que falta antes de llegar a las chicas. De entre todas esas etapas, una que disfruté mucho, fue cuando mis hijos se obsesionaron por los yōkai (妖怪), es decir, por todas esas criaturas sobrenaturales de las que el folklore japonés es muy rico. Por eso, en esta ocasión voy a tocar el tema de los yōkai en su función de portadores de valores sociales; y para ello, les presentaré a mi yōkai favorito.
Para quien nació en estas tierras o lleva años en ellas, esto es cotidiano. Los yōkai, cuyos kanjis pueden traducirse como “criaturas extrañas o que dan miedo”, abarcan un enorme rango de seres, fantasmas y apariciones fantásticas presentes desde hace siglos en la cultura tradicional. Ahora son tema de anime, películas infantiles y muchas campañas publicitarias y turísticas. Los folcloristas e historiadores han demostrado cómo, por siglos, la gente en Japón no dudó ni un momento sobre la existencia de los yōkai, así como en su influencia en la fortuna e incluso en la vida y la muerte.
Los yōkai son seres fantásticos y fascinantes; así como fascinante es el hecho de que, su existencia en la tradición oral japonesa siempre ha estado ligada a una enseñanza. En otras palabras, por siglos, la gente ha contado historias de criaturas y apariciones; y cada vez que alguien cuenta una historia de este tipo, una moral compartida se recrea y se actualiza. Así es como funcionan los añejos sistemas de valores que por siempre ha regulado las relaciones y el comportamiento de los grupos sociales. Considero que, mi yōkai favorito es una clara muestra de ello, en seguida explicaré por qué.
Mi yōkai favorito no es uno de los de siempre. No es el kappa que habita los pantanos, ni el Oni que ameniza la fiesta del Setrubun. Mi yōkai favorito es uno que pertenece al campo, pertenece ahí, donde existe algo muy simbólico de la estructura social japonesa: el arroz.
Este yōkai se aparece ocasionalmente en las noches oscuras; allí entre el lodo de los campos de arroz. Por eso lleva el nombre de dorotabō (泥田坊).
Leyendo los kanjis, su significado sería algo así como “el monje del arrozal lodoso”. El dototabō, es una criatura humanoide, apenas reconocible debido al lodo que cubre todo su cuerpo. La fascinación que me causa, se combina con un poco de lástima ya que carga sobre sí una gran pena. Éste sufre, busca y reclama. ¡Por las noches se le puede escuchar en los campos gritando “Ta wo kaese! (¡Devuélvanme mi arrozal!).
La historia dice que, derás de la aparición de un dorotabō, hay una gran negligencia. Cuando un granjero muere, sus tierras quedan en manos de su desendencia. Sin embargo, puede ocurrir que el hijo no esté interesado en la agricultura, y por eso vende o intenta deshacerse de los terrenos que heredó. Todo ello constituye una gran falta. En una sociedad agrícola como por siglos fue la japonesa, desentenderse de la tierra y de su responsabilidad hacia ella, es una gran falta, una ofensa y una falta de respeto a los ancestros.
Por todo ello, considero que más que cualquier otro yokai, el dorotabō es un ejemplo muy claro de los valores que hay detrás del mito. Cada vez que la gente habla, o cada vez qe en cualquier formato se cuenta la historia del dorotabo, la sociedad nos habla, cumpliendo el yokai una función didáctica, enseñando valores considerados como fundamentales, y recordándonos la importancia que tiene la tierra, la agricultura y la tradición agrícola japonesa. Respeten entonces a sus ancestros, a su herencia, a la tierra y a los kami, con quienes tienen un vínculo de responsabilidad y respeto inquebrantable.
“Me saludan al dorotabō”, solía decir en broma a mis hijos cuando no me hacían caso y seguían jugando afuera de la casa. Nosotros y nuestros hijos también seguiremos jugando con él y con todos los yōkai que ahí seguirán, ahora como miles de productos, programas películas y espectáculos, y como portadores de muchos saberes de los que pocas veces hacemos conciencia.



