Reflexiones de un profesor en Japón

Por ahí del 2005, escribí una tesis cuyo tema era: los niños extranjeros en las escuelas japonesas. Leí mucho sobre ello y viendo todo a la distancia, entendí que, en aquellos años, Japón no tenía ni un plan y ni una infraestructura para recibir adecuadamente a los flujos de fuerza de trabajo. Por obra del destino, años después trabajé justo ahí, en las escuelas, apoyando a niños extranjeros de Brasil, Perú, Bolivia, Vietnam, las Filipinas, y hasta de México. Por seis años observé desde adentro, conociendo diferentes experiencias. Por eso, hoy dedico este espacio a compartir algunas reflexiones sobre la inserción de niños extranjeros en el sistema educativo japonés.

Primero lo evidente. Desde aquel 2005 mucho ha cambiado. Japón ya no es el terreno virgen donde muchos, ahora padres, sufrieron sus primeros golpes con los locales. Mucho se ha hecho, la internacionalización es un objetivo siempre en proceso, y para ello, cada prefectura tiene sus políticas, cada ciudad su oficina, sus formas de lidiar con la necesidad de inserción de niños diferentes, y también, sus formas de interpretar qué rayos es eso de la convivencia intercultural. 

Donde trabajé, la experiencia era bastante buena; sin embargo, al escuchar historias, fue claro lo diferente que puede ser cada ciudad. Los presupuestos varían y la eficiencia y voluntad también son muy distintas según la ciudad-escuela-profesor. Hay gente muy comprometida, y también hay quienes rehúyen al trato con los extranjeros. Hay gente muy cálida, pero nunca falta el que dice: yo no lidiaré con ese “problema”.

Aquello suena despectivo; sin embargo, consideremos que, en Japón, hay un filtro que consiste en los exámenes de ingreso al bachillerato. La escuela es una larga carrera hasta allí, así que los profesores tienen sobre sus hombros la presión de llevar de la mano a todos los niños hacia una buena opción educativa después de la secundaria. Detenerse es algo que casi nadie quiere hacer; por eso, los programas de apoyo son importantísimos para que los hijos de inmigrantes puedan atravesar ese filtro y aspirar a subir escalones en la escala social. 

Entonces, ¿cómo apoyar? Eso depende.  En el campo de batalla, hay al menos dos posturas diametralmente distintas. Por un lado, hay quienes han adoptado un tipo de apoyo que consiste trabajar en salas especiales. Esto significa, adaptar un espacio en la escuela para que ahí avancen a su ritmo, se atiendan sus necesidades y sus dudas respecto al idioma, cultura, estudios, etc.  Los críticos de esto, señalan que los niños extranjeros son mantenidos al margen. Tenerlos en otro espacio es en sí una segregación, evitando que convivan con los chicos japoneses.

Por otro lado, están quienes piensan que la adaptación se debe dar en el día a día. En otras palabras, los chicos que vienen de afuera deben vivir y asimilar el golpe de no entender nada, quedarse atrás, imitar lo que hacen los demás. La expectativa es que, aunque el golpe inicial es duro, con el tiempo se acostumbrarán, asimilarán y harán suyas las rutinas, aprenderán japonés y se convertirán en miembros activos de la colectividad. 

A mi juicio, el trasfondo educativo de cada niño, el apoyo en casa, ideas previas y su misma personalidad los hacen más o menos adaptables a alguna de las dos posturas. Si bien, tener a los chicos afuera los mantiene al margen y los puede malacostumbrar, ellos tampoco tienen la necesidad de sufrir. Ellos necesitan espacios y momentos para asimilar las experiencias, hacer preguntas y, sobre todo, hacer fluir emociones que no pueden expresar en un entorno donde la lengua no es su lengua. Por eso, tal vez la clave está en un punto medio que involucre un acompañamiento de su propio proceso de descubrimiento, de sus procesos emocionales, y del desarrollo de las destrezas requeridas para tomar parte en esa carrera que es la educación al estilo japonés. Hay mucho que decir, pero eso ya lo tocaré en otra ocasión.}

 

 

Por: Juan Antonio Yáñez