Choque de culturas: latinos en Japón

Ser latino y llegar a vivir a Japón, es sin duda, aventurarse en un viaje desbordante, abriendo la brecha entre dos mundos estratosféricamente diferentes: uno donde el silencio es regla y otro donde el ruido es vida. Como latinos, venimos de calles bulliciosas donde la música es sinónimo de sabor y a la cual nos acostumbramos desde que casi casi abrimos los ojos al mundo. Crecemos tocando, hablando fuerte, compartiendo unos con otros, hasta incluso nuestra propia vida sin filtros. Nuestra comida es de sabores intensos, donde el picante no solo viene de la chabacanería de tener la confianza o descuido de comer en las calles – donde nos sirven platillos bastante generosos llenos de color y más – sino también de nuestra infinita creatividad para dar vida a nuevos platillos, texturas y aromas.

Tener un primer contacto con la cultura japonesa, es empezar a vivir en constante contradicción, aprendiendo a limitarnos en algún sentido a todo lo que en nuestro país nos desbordaba. En Japón, cada gesto tiene un significado: es cambiar el “¿cómo estás?” espontáneo por una sonrisa silenciosa, aprender a hacer una reverencia al cruzarte con alguien, quitarse los zapatos antes de entrar a una casa, agradecer antes y después de recibir los alimentos, pues comer no solo es nutrirse, es un acto casi ceremonial que debe ser reconocido. Respetar el espacio del otro supone entender que no les gusta el contacto y que eso no significa que les seamos desagradables, entrar a un tren lleno de personas que no se miran ni se hablan, puede ser abrumador, pero no pasa mucho tiempo para acostumbrarnos que para ellos, el respeto se traduce en distancia y aunque al inicio puede sentirse frío, con el tiempo se descubre la profundidad y delicadeza detrás de ese silencio.

Una de las diferencias más impactantes es su profunda cultura cívica, misma que no necesita estar escrita para ser cumplida. Aquí, el respeto al espacio común, la puntualidad y el cuidado por el otro no dependen de una amenaza traducida en sanción, sino de una profunda conciencia colectiva. Nadie deja basura fuera de lugar, nadie se cuela en la fila ni alza la voz en el tren. No hace falta un cartel que diga “prohibido”, porque lo correcto ya está interiorizado. En cambio, en muchos países de América Latina donde la calidez humana es inmensa, pareciera que la convivencia necesita estar sostenida por normas explícitas y castigos visibles. Aprendemos a respetar por temor a la multa, más no siempre por convicción propia que es lo correcto. Aquí, en cambio, el orden nace del sentido de responsabilidad individual hacia el grupo, una lección silenciosa pero poderosa que debe confrontarnos como seres humanos e inspirarnos cada día, eso, aunado a los beneficios de que nuestra puntualidad se vuelva un hábito, la seguridad de permitirnos caminar de noche sin miedo alguno y de que la cortesía se nos vuelva costumbre. Las demás diferencias saltantes que calan hondo vienen por añadidura a toda inmigración, sin embargo, no dejan de ser duras: la soledad, el idioma, la burocracia y la sensación constante de ser “extranjera” incluso si aprendes el idioma o te adaptas a las costumbres.

Con el tiempo, uno nunca olvida sus raíces ni deja de ser latino, solo aprendemos a serlo de un modo diferente. A crear un puente entre dos mundos que parecen opuestos, pero que pueden convivir dentro de nosotros, y es en esa ambivalencia diametral donde encontramos una gran oportunidad para adquirir una amplia visión de otros mundos tan lejanos a los nuestros.

Por abogada Vanessa R. Aguinaga